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Etxepel en camino: SANTIAGO

Durango-Sarria

Hace cuatro años en Etxepel nos empeñamos en cumplir un sueño, consistía en caminar, compartir, convivir y llegar. Y el año pasado nos quedamos exactamente a 115 km de realizarlo.

Son las ocho de la mañana. En 10 minutos comienza nuestro periplo que desde Durango nos llevará hasta Sarria. Son doce horas de viaje. Las ganas de cumplir este sueño nos impulsan entre bromas y nervios.

El viaje es largo, en el tren hace calor, comemos de bocata, los ronquidos de la siesta anticipan entre risas una parte incontestable de las próximas noches. A las ocho de la tarde estamos frente al Albergue Monasterio de la Magdalena, regentado por los Padres Mercedarios, que nos acogen maravillosamente.

Hay que darse prisa, queremos ir pronto a la cama porque mañana a las 6:30 tocan diana. Deshacemos el equipaje, sacamos los sacos, preparamos la ropa para caminar mañana, guardamos los miedos en el fondo de la mochila y nos dejamos guiar por los anhelos. Después de cenar, nos reunimos, revisamos cómo ha ido el día y preparamos la etapa de mañana.

Apagamos la luz, quince corazones laten pausados en el albergue con ganas de calzarse las zapatillas y dar el primer paso en dirección a Santiago.

Sarria-Portomarín

El despertador no ha dado tregua y a las 7:30, tras desayunar, repasar la etapa y leer un texto para que nos acompañe en la etapa, comenzamos a caminar. Atrás quedan los días de entrenamiento y las reuniones de preparación en Durango. Solo necesitamos fijar la vista en el horizonte y dejarnos guiar por las sempiternas fechas amarillas.

El tiempo nos sonríe. Está nublado y no hace calor. Hay previsión de tormenta eléctrica, pero en el cielo no se adivina lluvia. La etapa es preciosa, robles y castaños desmochados llevan siglos contemplando estas sendas. La primavera ha llegado tarde; las flores salpican de color el paisaje mientras las aves reclaman sus territorios.

A mitad de la etapa, llegamos a una aldea de casas de piedra con tejados de laja que parece haberse detenido en el tiempo. No ha quedado otro remedio, hemos parado y hemos aprovechado para reponer fuerzas.

Retomamos la marcha, hemos superado el kilómetro cien. En El Camino los kilómetros marcan lo que resta para llegar a Santiago. Poco a poco, aprovechando el descenso, nos vamos aproximando a Portomarín, curiosa localidad con aire artificial. Era una aldea medieval, hasta que en 1963, tras la construcción del embalse de Belesar, sus calles quedaron sumergidas por el agua. Solo se libraron dos edificios: la Iglesia-fortaleza de San Juan, románica del siglo XII, y la Capilla de Santiago, también románica, que se levantaba sobre el último arco de un puente romano y desde donde se impartía la bendición a quienes peregrinaban. Ambas se salvaron de la inundación después de trasladarlas piedra a piedra.

Pasamos por la Capilla y llegamos al albergue. Comemos rico, macarrones al estilo Etxepel; descansamos; visitamos el pueblo. Llega la anunciada tormenta y es hora de cenar. Preparamos en grupo la próxima etapa y a la cama. Mañana las piernas tienen que soportar 25 km.

Portomarín-Palas del Rei

Al sonido del despertador, las piernas se quejan por el sobreesfuerzo de ayer. Se nota que este año no hemos entrenado tanto con en ocasiones anteriores. Como si lleváramos años haciéndolo, seguimos fielmente la rutina diaria: diana a las seis y media, asearse, preparar la mochila, desayuno, repaso de la etapa y texto para la reflexión.

Damos los primeros pasos, el ánimo y las ganas disipan rápidamente el dolor y el cansancio acumulados. La etapa comienza con un ascenso importante, pero atravesamos varios bosques mixtos de roble y castaño de gran belleza y las energías se mantienen casi intactas. Paramos en Castromaior, visitamos su conocido castro, uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del noroeste peninsular que fue habitado desde el siglo IV a. C. La visita merece la pena y las vistas de la comarca también.

La siguiente parada es en Ventas de Narón, una pequeña localidad utilizada desde antiguo para reponer fuerzas antes de cruzar la sierra de Ligonde. Y así lo hacemos. Tras el descanso, superamos la sierra y comenzamos el descenso por el margen de una carretera poco transitada. El sol golpea y poco a poco las piernas van reclamando descanso. Pero no les damos tregua, aún quedan kilómetros por delante.

A las tres y media llega el último grupo al albergue de Palas del Rei. Comemos tarde, ayer decidimos hacer un avituallamiento copioso en la parada matinal y luego hacer una comida-cena a media tarde.

Después, curamos las primeras ampollas y surgen algunas heridas fruto del roce de la convivencia. Seguimos en Camino, quince valientes con ganas de caminar, avanzar y llegar.

Palas del Rei-Arzúa

La noche no ha sido todo lo tranquila que bastantes hubiéramos deseado. Pero esto también es parte de El Camino. El día está gris y las tormentas amenazan sobre nuestras cabezas. A las 7:30 comenzamos a caminar, tenemos 28,6 km por delante, la etapa más larga de todos estos años.

La jornada comienza con lluvia. Hay que desempolvar los chubasqueros. No podía ser de otra forma en la verde Galicia, verde precisamente por la lluvia. El caminar se hace ligero, con el fresco se avanza mejor.

Caminamos por frondosos y majestuosos bosques autóctonos, amenazados de cerca por plantaciones de eucaliptos. La ruta está salpicada de pequeñas joyas del románico gallego, puentes y ermitas, aún en uso, pero olvidadas por el paso del tiempo en aldeas recónditas. Entre ellas, un fornido puente de cuatro ojos sobre el río Furelos, nos permite acceder al pueblo homónimo. Es el momento de parar, recobrar energía y mentalizarse para los 15,5 km que restan.

La etapa se hace más monótona, transita por carreteras secundarias, pero cada paso es uno menos para llegar a Santiago. Cada vez que encontramos un mojón, comprobamos cómo paulatinamente se reduce la distancia que resta. Pero los kilómetros comienzan a pesar.

En unos minutos, el cielo se encapota y empieza a llover torrencialmente y a granizar. Algunas personas ya estamos en el albergue. Otras se refugian hasta que amaina la tormenta.

Comemos a las siete de la tarde, todas juntas, arroz diez delicias, tres no eran suficientes tras la dureza del día de hoy. El esfuerzo ha sido grande. En el grupo hay personas enfermas o con dolores musculares, todas hemos caminado y nos hemos esforzado extraordinariamente. La satisfacción es grande, muy grande. El cansancio, también. Hemos superado tres etapas consecutivas de más de 25 km. También hemos superado los roces de la convivencia. Las ampollas van remitiendo. Menos de 40 km para Santiago.

Arzúa-O Pedrouzo

Hoy toca una etapa suave, 19,4 km. Así que aprovechamos para dormir media hora más y para hacer una reunión un poco más larga. En el compartir surge una alegoría sobre la mochila y la vida. Peregrinar es como vivir y la mochila es el peso de las experiencias que hemos ido acumulando. Todas las personas que peregrinamos llevamos una mochila. Esa mochila puede ser grande o pequeña, y las fuerzas para llevarla, lo mismo. Cuando la mochila es demasiado pesada para las fuerzas que tenemos, el paso se ralentiza hasta el punto de que podemos necesitar ayuda para caminar. Ese apoyo puede servir para deshacernos de peso, nada fácil ni en la mochila ni en la vida; o para ordenar el equipaje, también complicado; o, incluso, para llevar la mochila durante cierto tiempo. Pero la mochila es nuestra, no podemos deshacernos de ella, podemos aligerarla, ordenarla… pero tenemos que llevarla a cuestas, aunque sea con ayuda. A veces, también necesitamos descansar, encontrar un lugar seguro, alimentarnos bien, recobrar energías o crear músculo… Como la vida misma.

Estamos en el ecuador de nuestra aventura y ya hemos superado más de la mitad de los kilómetros de este año. Los ánimos están altos y las dolencias controladas. Parece mentira que estemos a menos de 40 km de Santiago.

El cielo está gris y durante toda la etapa las nubes apenas dejarán salir el sol. La lluvia marca cada paso. Los chubasqueros, las capas y los paraguas cumplen su misión, pero algunas partes de la senda están encharcadas y la humedad entra en algunas zapatillas. En ocasiones, nos resguardamos porque la lluvia es demasiado intensa, pero la alegría reina en el grupo y bailamos y cantamos en Salceda, tras el avituallamiento habitual.

Antes de llegar al destino, vemos a una peregrina que camina a duras penas apoyándose en un bastón y sin mochila. Detrás, le sigue, paciente y con una sonrisa en los labios, otra mujer que lleva dos mochilas: la suya y la de su compañera. Como la vida misma… cuando hay solidaridad.

O Pedrouzo-Santiago de Compostela

Solo 20 km. Lejos en el tiempo y cerca en la memoria, quedan la vasta meseta castellana, las iglesias de Fromista y de Santa María en Villalcázar de Sirga, las catedrales de Burgos y León, la Cruz de Hierro, el O Cebreiro y las cálidas acogidas recibidas en distintos lugares. La plaza del Obradoiro y la catedral nos esperan a la vuelta del camino.

A las seis y media se encienden las luces y nos ponemos en marcha. Hay ganas de llegar, entusiasmo por llegar y también necesidad de llegar. Llueve, pero hemos decidido caminar bajo la lluvia para no retrasar demasiado la llegada.

A 10 km se encuentra Lavacolla. Aquí pasamos junto al río Sionlla. Antiguamente este lugar servía para despojarse de las sucias y hediondas vestimentas, y para lavarse y preparar la próxima llegada a Santiago. Hemos parado, pero no para acicalarnos, sino para recuperar energías y reagruparnos.

Queda poco. La lluvia nos da un poco de tregua. Nos detenemos de nuevo en el Monte do Gozo, desde donde, por primera vez, divisamos la meta anhelada. Las torres de la catedral nos saludan desde la lejanía. La emoción sube hasta el rostro. Esto solo se puede celebrar bailando y así lo hacemos.

Con energías renovadas, seguimos caminando. Llegamos al albergue parroquial Fin del Camino, sugerente nombre para el día de hoy. Ayer decidimos comer tranquilamente en el albergue y descansar un rato para llegar después en grupo a la catedral. Tras una paella increíble y una siesta reparadora, nos ponemos en marcha para recorrer el último kilómetro y medio.

La catedral se alza imponente entre las casas de piedra de la ciudad. Es difícil no emocionarse al verla, después de tantos pasos dirigidos hacia ella. La experiencia ha sido inigualable… pero no se puede plasmar en palabras. Entramos en la catedral, hay quien se estremece al cruzar el umbral. Cumplimos con el rito más antiguo de la ruta jacobea: el emocionante abrazo al Apóstol, que se remonta al siglo XIII. Se abraza por la espalda la estatua románica de Santiago, situada en la parte posterior del Altar Mayor, y se comparte con ella la mirada a vista de pájaro de la grandiosa nave central de la basílica. Visitamos la cripta que, según la tradición, guarda los restos de Santiago y sus discípulos Atanasio y Teodoro. Salimos del templo con la sensación de haber cumplido un sueño, de haber superado un gran reto que cuando se planteó en una asamblea de Etxepel hace años nos parecía inalcanzable.

Hay que celebrar la llegada y no podía ser de otra forma que con viandas propias de la tierra. Las empanadas gallegas son deliciosas. Aún tenemos tiempo para compartir las vivencias de la jornada y planificar la de mañana.

 

Santiago de Compostela

Hoy, con 500 km a cuestas, nos tomamos una jornada de descanso, la primera desde que comenzamos nuestro peregrinaje hace cuatro años en Burgos. Queremos disfrutar de Santiago de Compostela. Tras desayunar con calma, nos dirigimos al casco histórico, tenemos que recoger las merecidas compostelas y algunas personas queremos asistir a la misa del peregrino en la catedral.

Tras perdernos por las sinuosas calles de la zona antigua, comemos un menú para celebrar la llegada. Después, algunas personas regresan a descansar al albergue y otras disfrutan de una visita guiada de la catedral con el deán. Allí habíamos quedado con Jesús García Vázquez, el delegado de Cáritas, que, además de acogernos extraordinariamente, nos ha facilitado mucho la preparación de las últimas etapas del Camino. Gracias, Jesús.

Vamos de retirada al albergue, es el último día, a nuestra mente acuden todas las personas que han participado en este caminar: Bertha, Elena, Eugenio, Iñaki, Josean, Malik, Manu, Manuel, María Eugenia, Miguel, Paco, Patxi, Pili, Raúl, Vasile, June, Alejandro, Isabel, Susana, José Agustín, Idoia, Leire, Marta y Alberto, y, ¡cómo no!, nuestra infatigable perra Wilma.

Por la noche, después de una cena ligera, tenemos un rato de encuentro para valorar la experiencia. Comentamos en el grupo algunos pequeños “milagros” de este año: una voluntaria septuagenaria que ha hecho todas las etapas como una verdadera jabata; una niña, hija de una educadora, que con ternura e inocencia ha abierto puertas pétreas que llevaban muchos años cerradas; una persona que ha comulgado después de 35 años; otra que ha caminado con cinco costillas rotas; otra que ha sido capaz de pedir perdón y otra que ha sido capaz de perdonar… Ha habido lágrimas de emoción y risas de complicidad, y de los corazones han brotado flores que ha degustado todo el grupo. Ha habido momentos para pedir perdón y para dar gracias. Ha habido ocasión para plantearse nuevos caminos por recorrer, nuevas metas que lograr..

En medio de la reunión, un gorrión ha entrado en el albergue. Hemos intentado sacarlo, pero estaba desorientado. Al final, se ha golpeado contra un cristal y se ha quedado inconsciente, ¿muerto? Una persona del grupo lo ha recogido entre sus manos y lo ha envuelto en un pañuelo. Un rato después, ha sentido que el ave se movía, se ha arrimado a la puerta, ha retirado el pañuelo, ha abierto sus manos y pájaro se ha ido volando. En la reunión, ha comentado que él se siente como el gorrión y que considera Etxepel como el pañuelo, que le ha permitido recuperarse para remontar de nuevo el vuelo.

Acaba la reunión y vamos recogiéndonos. Alguien tararea la canción de Víctor Jara, muy propicia para este momento:

Caminando, caminando
voy buscando libertad,
ojalá encuentre camino
para seguir caminando.

Es difícil encontrar
en la sombra claridad
cuando el sol que nos alumbra
descolora la verdad.

Cuánto tiempo estoy llegando,
desde cuándo me habré ido,
cuánto tiempo caminando,
desde cuándo caminando.
Caminando, caminando.

Mañana regresamos a Durango, a continuar el otro camino: el de la vida. Parece que la mochila pesa menos. ¡Buen camino!

 

 

 

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